Parece que ligar en los tiempos actuales se haya convertido en una tarea súper fácil y habitual. Desde el salón de nuestra casa, cómodamente tumbadas en el sofá, podemos seleccionar a qué chico nos gustaría conocer y a cuál descartaríamos todos los días de nuestra vida. Sencillo, ¿verdad?

 

Una mierda… A veces parece que estás jugando más al Tetris, que a conseguir una cita real. Nos establecemos unos guiones, unas metas, solemos tener incluso unos “temas clave” para ver si esa persona encaja con nosotros de forma adecuada… Una auténtica locura. Si bien, la “locura” es una palabra que me define demasiado y, de ahí, y de estas endemoniadas aplicaciones móviles… Surge mi historia.

 

Un día estaba tan aburrida que decidí descargarme la aplicación conocida como Tinder. Esa que descartas caras tan solo deslizando el dedo por tu pantalla táctil. Mis amigas ya contaban con ella, pero a mí me parecía que estaban medias majaretas. Ninguna había encontrado nada que realmente valiera la pena. ¡Qué ironía!

 

Lo sorprendente de la aplicación fue encontrar a un chico que vivía a 100 km de donde vivía y que parecía tan poco interesado en conocer al resto, como yo. Empezamos a hablar, nos dijimos un par de tonterías y en seguida se nos fue un poco de las manos.

 

¿Dónde estaría mi cabeza en aquel momento? ¡Le di mi número de teléfono!

 

Los días iban pasando. Seguíamos hablando pero cada vez la historia iba subiendo de tono… hasta que un día me cansé.

  • ¿Qué te parece si realizamos un juego a ver quién gana? – envié.
  • Como quieras… Pero te aseguro que vas a perder – respondió.

 

Mi idea era muy simple. Cada día debíamos enviarnos una fotografía erótica con el objetivo de que la más creativa y original ganase. Al principio la cosa fue muy bien. Yo ganaba todos los retos, ¡imaginación no me falta!

 

Hasta en una de esas imágenes me escapé al campo de al lado de mi casa a coger una margarita, de estas grandes, para colocarla tapando mi “chichi” – léase vulva o como quieras llamarlo, pero siempre de forma bonita y cariñosa. Imagínate la cara del tío cuando me vio con un brazo tapando los pechos y en medio de las piernas una margarita. ¡Se puso como una moto!

 

Sus imágenes también eran muy buenas. La verdad es que el cabrón tenía un cuerpo de 10, y enviaba sus fotografías arrimado a columnas o puertas de su casa, totalmente morboso. Incluso en una ocasión se colocó un antifaz y unos calzoncillos de cuero negro con una cremallera. ¡Madre del amor hermoso!

 

La historia continuó un par de semanas más, hasta que llegó un punto que no había por donde cogerla. Él me insistía cada vez más por quedar y yo… la verdad… ya había perdido el interés. Así que sintiéndolo mucho terminé bloqueándolo. ¿Por qué? Diréis… Pues porque ya me había enseñado todo su potencial, ya había dado todo lo que podía dar y la verdad… Cuando yo pierdo el interés… el juego termina por volverse bastante nefasto. Si bien, esta no ha sido mi única experiencia, pero sí la primera. En los siguientes capítulos ¡os mantendré al tanto!

 

¡Un beso grande!

Carla, 31

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