Al igual que tú soy una mujer normal, no me malinterpretes. Solo que a mí, me gusta mucho experimentar todo lo que se me pasa por la cabeza – teniendo en cuenta ciertos límites.

 

Creo que hemos nacido para disfrutar, para sentir placer y para aprender de todo el potencial que emana de nuestros cuerpos. Por esto mismo, cuando se me pasó por la cabeza la idea de tener mi primera experiencia lésbica, ni lo dudé por un momento. Ya llevaba tiempo teniendo fantasías sobre este tema, pero nunca se había convertido en un DESEO.

 

Por casualidades de la vida, por esa época de mi vida, conocí a Álex. Una mujer espectacular. Su piel era del color del azúcar moreno, sus ojos verdes como esmeraldas y su melena negra ondulaba al viento con una gracia sin igual. Nunca la había visto por esa zona de Madrid, aunque como esta ciudad tiene tantos visitantes a lo largo del año, tampoco se me hacía extraño.

 

Yo estaba sentada en una terraza, con un libro en la mano y un gin tonic sobre la mesa. Eran las 21.00 de la noche. Para quién no lo sepa, salir en pleno día, en verano, en las calles de Madrid, es igual que vivir en el infierno.

 

Ella se sentó en una mesa que había en frente a la mía y eligió la silla que mejor panorámica le daba de la Plaza de España. Se quitó las gafas de sol y pidió un ron cola.

 

Intenté ignorarla, aunque su presencia me removía las entrañas. Parecía notarlo. No me quitaba la mirada de encima. Cuando ya estaba dispuesta a marcharme, el camarero apareció con otra copa de gin tonic y me susurró al oído “de Álex esa chica tan guapa que tienes tan a mano” y se río. ¡Qué cabrón el Jorge, siempre con sus puntillas!

 

Así, que no me lo pensé dos veces. Cogí la copa, mi libro y me senté en su mesa.

 

  • Hola Álex, me llamo Lola. Muchas gracias por la copa.

 

  • Hola Lola, ya pensaba que no te iba a conocer nunca – y se rió.

 

La noche fue pasando y por extraño que pareciera conectábamos a un nivel que me dejó boquiabierta. No era normal que alguien, que no conocías de nada, te transmitiera esa serenidad y confianza que ella lograba. Como por arte de magia salieron de su boca las palabras que había estado esperando desde el primer momento en el que le puse los ojos encima.

 

  • Estoy alojada en un hotel por aquí cerca. ¿Te apetece venir conmigo?
  • Creo que nos lo podríamos pasar bien juntas – las palabras salieron espontáneas, sin que pudiera reprimirlas.

 

Todo parecía salido de un guión de película, pero como estoy acostumbrada a que me pasen cosas inusuales, tampoco le di mayor importancia.

 

Estaba alojada en uno de los mejores hoteles de Madrid, pero aún así tampoco me percaté de eso hasta el día siguiente. Subimos en el ascensor. Álex me clavó una mirada fulminante y enseguida sus labios carnosos atraparon los míos, más finos, más pequeños. Su lengua rodeó la mía y empezó a devorarla como si fuera la primera vez que lo hacía. Bajó por mi cuello, me agarró la cintura y rozó mi muslo. Todo esto en el tiempo que nos llevó subir desde el piso inferior hasta casi la última planta.

 

Suspiré, sobrecogida. No me lo esperaba. Pasó la tarjeta para entrar en la habitación y me llevó a la cama. He de decir que normalmente suelo tomar acción y no ser una “estrella de mar”, pero en esta ocasión me fue imposible. Estaba totalmente perdida en esos ojos esmeralda, en su piel, su cabello y en toda su esencia. Me fascinaba.

 

Poco a poco me fue quitando la ropa, mientras una sonrisa pícara gobernaba su cara.

 

  • No sabía que era la primera vez que estabas con una mujer, señorita.

No supe qué responder, ¿cómo lo sabía? Aunque claro… Seguramente mi actitud de “dejarme hacer”, lo explicaba todo.

 

Su larga melena se sumergió en mi cuello. Me mordía, me lamía, me hacía perder la razón. Poco a poco fue dirigiéndose hacia mis pechos. Con una mano los acarició, mientras con la boca succionaba uno de mis pezones, a la vez que yo gemía sin poder controlarme. Fue bajando mientras me hacía cosquillas con su lengua en mi bajo vientre. A medida que bajaba yo me iba excitando más y más, sin poder hacer nada más que seguirla con la mirada. Su lengua rozó mis labios mayores de mi vulva, los besó y mordisqueó. Ya no podía aguantar mucho más. Ella lo sabía. Así que buscó mi clítoris y se centró en él.

 

Movió su lengua alrededor de él. Sabiendo, sin sentido, que su estimulación directa me provocaba molestias. Lo estaba haciendo de forma perfecta. Mis gemidos se habían convertido en gritos que rasgaban la noche, e iban en aumento cuanto más me acercaba al éxtasis. De pronto, Álex introdujo en mi un par de dedos, localizando sin problema mi punto G. Me cogió de sorpresa. Estaba disfrutando tanto de aquello como no lo había hecho en tiempo con un hombre.

 

Ya es hora de que te dejes ir, Lola – susurró Álex en mi oído

 

En ese momento, sin quererlo. Sentí una oleada de placer inmenso, que recorrió mi cuerpo, mi mente, mi clítoris, mis pechos… hasta llegar a los dedos de mis pies y… estallé. Un orgasmo con mil convulsiones. Un orgasmo épico, de esos que duran más de los normales. Estaba extenuada, no podía más, pero ella rápidamente me volvió a la realidad.

 

  • ¿Te apetece probar a hacérselo a una mujer?

Lola, 33

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